Especial BBC Mundo: Isla Coiba, la brutal prisión a cielo abierto que se convirtió en paraíso natural y a la que Panamá vuelve a enviar presos

2026-10-09 10:33:30 - MUNDO

Cientos de cangrejos huyen de nuestras pisadas. Mientras descargamos la lancha, solo se escuchan las olas sobre la arena blanca y el crujir de una densa maleza que, como un muro verde, oculta el corazón de la isla.

Coiba, en el Pacífico panameño, es un paraíso natural aislado y virgen.

Pero este archipiélago de islotes de aguas cristalinas, situado a unos 25 kilómetros al suroeste de la costa de Veraguas, guarda una historia de violencia y horror.

Durante 85 años funcionó como una temida prisión a cielo abierto en la que se registraron torturas, trabajos forzados y una brutal masacre.

Allí fueron recluidos criminales peligrosos y, en tiempos de la dictadura panameña (1968-1989), opositores políticos.

Después de su clausura, en 2004, la isla fue dedicada a ser plenamente una reserva natural para preservar esa memoria, lo que le valió que la Unesco la declarara Patrimonio de la Humanidad.

Las décadas en las que fue prisión ayudaron a mantener sus ecosistemas y biodiversidad casi al margen de la intervención humana.

Hasta ahora.

Este junio, después de una masiva fuga de un importante presidio de la capital, Panamá envió a 29 reclusos a una base aeronaval ubicada en la isla.

Luego, en agosto, otras tres personas fueron trasladadas.

"El traslado a Coiba fue realizado de acuerdo con las necesidades de seguridad nacional. No es una discusión sobre una reserva, sino de la seguridad de los panameños", sostuvo en aquel momento el presidente José Raúl Mulino, cuyo gobierno no contestó solicitudes de información de BBC Mundo para este artículo.

Reportaje especial de BBC Mundo: Isla Coiba, la brutal prisión a cielo abierto convertida en paraíso natural en Panamá

Su intención, alegó el mandatario, fue asestar un golpe a las estructuras criminales que operan desde el sistema penitenciario.

No obstante, la medida genera polémica en el país y preocupa a científicos y líderes ambientales.

Coiba es el parque marino más grande de Centroamérica y, junto con su área terrestre, abarca 270.125 hectáreas, lo que la convierte en un gigantesco laboratorio al aire libre.

Eso fue lo que encontramos durante nuestra visita, un fin de semana húmedo y caluroso de mayo, cuando aún no se conocían los planes del gobierno panameño.

Viajamos junto a un grupo de investigadores y un guardaparques que, hace tan solo unos años, estuvo encarcelado en los mismos terrenos que luego pasó a custodiar.

[Caroline Souza/BBC Mundo]

"El día del homicidio fue el 29 de noviembre de 1986. Yo tenía 23 años", me dice Narciso "Mali Mali" Bastidas, quien ahora tiene 63. Es oriundo de Guna Yala, una comarca indígena en la costa este del Caribe panameño.

Conversamos y pernoctamos junto a él en la estación científica Coiba AIP, un conjunto de vagones móviles frente a la playa, rodeados de selva y ubicados en el noreste de la isla más grande del archipiélago.

De acuerdo con una sentencia judicial, Mali, quien ahora es asistente de investigación y además guardaparques del Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Panamá, fue condenado por el asesinato de la dueña de un restaurante en el que trabajaba.

"A mí me agarraron como autor intelectual. Dos años después, me trasladaron a Coiba", continúa.

Aquí cumplió una pena de 10 años. Él insiste en que es inocente.

Narciso "Mali Mali" Bastidas estuvo preso en Coiba durante 10 años. [Ronald Ávila-Claudio / BBC Mundo]

"En los 80 en Panamá gobernaba el militarismo, la bota. [Las autoridades] Me llevaron y a punta de palos (golpes) me pusieron a firmar", asegura.

A diferencia de otros sentenciados, que eran trasladados por mar, Mali llegó a Coiba en avión. Desde el aire, recuerda, observó los sembradíos en los que eventualmente trabajaría.

"Aun así me pareció hermosa", dice.

La colonia penal fue fundada en 1919 bajo la presidencia de Belisario Porras con la intención de que fuera "autosustentable". Los presos, sin paga, dedicaban largas jornadas, desde muy temprano, a trabajar en ganadería y a sembrar y cosechar lo que consumían.

En este sistema, la tarea de Mali era introducirse en la selva y talar para preparar el terreno.

"A los macheteros nos llamaban los perros de la guerra", recuerda.

Aunque había una cárcel de concreto, la mayoría de los internos vivía en campamentos dispersos por la isla principal que ellos mismos construían con ramas, palmeras y materiales que encontraban en los alrededores.

A lo largo de la historia de Coiba existieron más de 20 asentamientos que ocuparon el 20% del territorio. El resto permaneció virgen, indican investigaciones científicas en las que participó el mismo guardaparques.

"Gracias a la prisión se ha mantenido como está", afirma.

Eso no le impide reconocer los maltratos que sufrían los presos, que incluso dieron origen a su apodo.

"Cuando llegué, yo estaba medio gordito. Un sargento me vio y me dijo: 'No te voy a matar, pero voy a hacer que te seques lentamente'", dice.

Y añade: "'Mali Mali', en la lengua guna, significa flaco, huesudo".

Mali publicó un libro sobre la historia de Coiba y ahora está escribiendo otro. [Ronald Ávila-Claudio/BBC Mundo]

Desde su creación como colonia penal, en Coiba hubo conflictos entre reclusos y acusaciones de violencia por parte de los custodios, dice a BBC Mundo Ezer Vierba, experto en historia de América Latina por la Universidad de Yale, en Estados Unidos.

Durante los 21 años de la dictadura panameña, cuando ostentaban el poder Omar Torrijos y, tras su muerte, Manuel Noriega, los militares que administraron la cárcel "no respetaban ningún concepto de derechos humanos", dice.

"Estamos hablando de castigos que eran torturas", afirma.

En el informe de la Comisión de la Verdad de Panamá, publicado en 2002, testimonios de exprisioneros dan cuenta de trabajo desmedido, "golpizas bestiales", comidas insuficientes y falta de cuidados de salud.

Mali lo presenció y lo vivió muchas veces.

"Si estábamos limpiando la cosecha de maíz y alguien comía un poco, eso era un pecado. Si preguntaban quién había sido y todos nos quedábamos en silencio, recibíamos manguerazos en las nalgas", cuenta el guardaparques.

En ocasiones, la gravedad del castigo dependía de cuán significativa era una falta y, otras veces, del ánimo de los guardias.

"Para la época del militarismo, los policías te mandaban a subir a una palmera y te hacían ráfagas (disparos) para que te soltaras y cayeras. Si te intentabas fugar, te amarraban o esposaban a un árbol para que la chitra (un insecto cuya picadura causa inflamación) hiciera fiesta contigo", continúa.

[Daniel Arce/ BBC Mundo]

Aunque no existe una cifra oficial, "mucha gente" falleció en Coiba, dice Flavio Méndez, abogado y supervisor de operaciones científicas del Centro de Investigaciones Históricas y Antropológicas de Panamá.

No solo por los castigos, sino también porque "es un entorno natural muy peligroso, en donde hay animales venenosos".

Además, muchas veces persistían las rivalidades entre bandas.

A diferencia de otras cárceles panameñas, en la colonia penal no había barrotes y los reclusos tenían libertad de movimiento.

Uno de los momentos más violentos en la historia de Coiba fue, precisamente, protagonizado por dos grupos enemigos en 1998, en medio de un intento de fuga de cuatro reos.

"Los que intentaron fugarse estaban en el sur de la isla. Pero en Coiba hay corrientes marinas muy fuertes que llegan desde Galápagos. El mar, en vez de llevarlos a tierra firme, los llevó al norte, donde estaban sus enemigos", recuerda Mali.

Los cuatro fueron víctimas de sus rivales, quienes los decapitaron.

"En ese momento, yo era chofer de la lancha de uno de los comandantes del penal. Fui con él a levantar esos muertos", dice Mali, recordando aquella brutal escena.

La llamada masacre del penal generó una fuerte indignación y contribuyó a acelerar su cierre, que finalmente llegó en 2004, explica el profesor Vierba.

El historiador igual aclara que detrás también había razones económicas: incluso en esas condiciones de negligencia, financiar una prisión en medio del mar tenía un alto costo para el tesoro panameño.

Recorte de un periódico donde se habla de la masacre de 1998 en Coiba. [Archivo Biblioteca Nacional de Panamá]

Viajamos en un bote pesquero repleto de provisiones, equipos de muestreo y un enorme barril de gasolina que, por el vaivén del mar, a veces alguno de nosotros tiene que sostener con una pierna.

Necesitamos combustible extra para recorrer este archipiélago de más de 30 islas e islotes, cuya isla principal tiene una superficie de 500 km².

Pasamos junto a bandadas de pájaros y, en ocasiones, a lo lejos se divisan las aletas de algunos delfines. Nos adentramos en un estuario para lanzar una enorme red. Al cabo de unas horas aparecen tiburones toro que Mali y los investigadores van sacando uno a uno.

En la lancha hay un frenesí de voces. Los expertos se mueven con agilidad para sostener, medir y tomar muestras de ADN cortando un pequeño fragmento de las aletas de esta especie. El trabajo lo dirige el biólogo marino Edgardo Díaz Ferguson.

Para él, Coiba ofrece una oportunidad única de estudiar ecosistemas inalterados y entender cómo se recuperan por sí solas las zonas naturales que fueron alteradas durante la época del penal.

"Son islas que por 12.000 años se han mantenido con cero impacto, lo que las hace un parque jurásico moderno", dice.

Edgardo Díaz Ferguson afirma que Coiba permite comprender cómo eran los ecosistemas hace 12.000 años, antes de ser impactados por la actividad humana. [Ronald Ávila-Claudio / BBC Mundo]

Para estudiar la riqueza marina de Coiba, los científicos analizan la salud de sus arrecifes y rastrean las rutas migratorias de distintas especies, como ballenas y tiburones.

Díaz Ferguson explica que esta actividad permite entender el papel de la isla como una "guardería natural" que regenera la vida marina y abastece la pesca en el continente.

En tierra, según la Unesco, sus ecosistemas presentan un nivel "excepcional" de especies endémicas y son refugio de animales que ya no existen en buena parte de Panamá, como el águila crestada y la guacamaya roja.

Estar aquí, dice el biólogo marino, "permite darse cuenta del daño que hemos hecho en el continente y cómo podemos reconstruir lo que hemos destruido".

Para anunciar el traslado de los 29 presos descritos como de "alta peligrosidad", el gobierno panameño publicó un video en el que se les ve esposados, descalzos y sin camisa mientras llegan a lo que parece ser Coiba.

La decisión se informó el 14 de junio, tan solo días después de que unos 195 reclusos se escaparan de La Joyita, una prisión en la provincia de Panamá.

De acuerdo con las autoridades, los 29 están recluidos en una base aeronaval ubicada cerca de la antigua cárcel central de la colonia penal.

En agosto, medios panameños informaron que otras tres personas, incluyendo al exalcalde de la ciudad de Colón, Carlos Lee, fueron enviadas a Coiba.

En este caso los tres acusados de delitos contra la administración pública, aunque ninguno está condenado, de acuerdo con informes locales.

Antes de que todo esto sucediera, durante nuestra visita de mayo, intentamos acceder a la zona para conocer las ruinas de la penitenciaría que aún perduran y donde Mali estuvo encerrado en varias ocasiones durante su condena.

Pero agentes del Servicio Nacional Aeronaval, que desde hace años custodian este sector, nos prohibieron el paso, así como filmar o tomar fotografías. No nos ofrecieron razones.

Luego del traslado de los presos, volvimos a insistir.

Consultamos si la medida sería transitoria o permanente y si era posible regresar a la base para conocer el estado de las instalaciones y de los reclusos.

No recibimos respuesta.

[Caroline Souza / BBC Mundo]

Organizaciones como el Centro de Incidencia Ambiental de Panamá expresaron su preocupación por la presencia de los presos en el parque natural.

En un comunicado firmado en junio por esta y otra decenas de entidades se argumenta que la ley que protege la reserva no contempla la presencia de reclusos.

Además, según el parte de prensa, la legislación establece que el territorio debe destinarse únicamente a la administración del parque, la investigación científica y el ecoturismo.

De acuerdo con el Ministerio de Ambiente, no hay un impacto ambiental en Coiba, porque no fue necesario construir nueva infraestructura para alojar a los privados de libertad.

Por otra parte, en agosto un grupo de familiares de los presos llevados a la reserva realizaron una protesta frente al Ministerio de Gobierno.

Exigían ver a sus seres queridos y que los abogados de estos también tuvieran acceso para comunicarse, algo que se garantiza en el derecho a la legítima defensa.

En nuestro caso, por ejemplo, ir a Coiba desde Ciudad de Panamá nos tomó seis horas de viaje en carro hasta la localidad más cercana, Santa Catalina, seguidas de una hora y cuarto en lancha.

Desde la llegada de los primeros científicos al archipiélago, a principios de los años 90, Mali se convirtió en ayudante de muchos de ellos.

Al terminar su condena y hasta 2019, fue contratado como guardaparques del propio parque nacional.

Ahora resguarda otro espacio natural cerca de la capital panameña.

"Cuando empecé a trabajar con los investigadores, con los doctores, todo cambió. Ya no me sentía recluso ni interno, sino simplemente un civil más acá", comenta Mali.

Investigadores como Edgardo Garrido Pérez, un botánico que también es parte del equipo de Coiba AIP, dicen que la ayuda de Mali en sus proyectos es esencial.

Juntos se internan en la selva para entender cómo se regeneran áreas que alguna vez fueron parcelas agrícolas y ganaderas.

En medio de lianas, troncos y hojas, los vemos medir plantas, lamer cortezas y colocar equipos de grabación para captar a las aves que se encargan de dispersar sus semillas.

El botánico Edgardo Garrido se apoya en la historia oral que Mali le comparte para sostener parte de sus investigaciones sobre la regeneración del bosque en Coiba. [Ronald Ávila-Claudio / BBC Mundo]

"Cuando tengo preguntas que otros historiadores no pueden responder [sobre el impacto que tuvo la labor de los internos en el terreno], Narciso [Mali] sí puede. Él protagonizó esos hechos y además se ha dedicado a estudiarlos", comenta Garrido Pérez.

El guardaparques tiene dos libros sobre Coiba: uno ya publicado y otro en proceso de escritura.

Aun así, insiste: "No soy experto en nada". Pero reconoce que sabe "un poco de todo, en general, de la biodiversidad".

Por ahora, el traslado de los presos no afecta las labores de investigación, dicen los científicos.

Para Mali la decisión responde más a una emergencia de seguridad que a un plan a largo plazo.

"Veo difícil que vuelvan a abrir la isla como colonia penal, porque habría que construir instalaciones de nuevo".

Su esperanza es que Coiba se preserve "para las futuras generaciones", porque a él "le cambió totalmente la vida".

Por su cosmovisión como indígena guna, se siente parte de la naturaleza, que considera una "familia".

"Si Coiba alguna vez fue mi sufrimiento, hoy es mi agradecimiento".

[Ronald Ávila-Claudio / BBC Mundo]

Redacción e investigación: Ronald Alexander Avila-Claudio

Edición de texto: Ana Pais

Mapas e ilustración: Caroline Souza y Daniel Arce

Con reportería adicional de Óscar Sulbarán

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Fuente: bbc.com
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